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2 de noviembre de 20267 min de lecturapor Daniela Rubinacci

Cuando se pierde el hilo

Ovillo de hilo de lino con un cabo suelto sobre una tela clara, metáfora del hilo que se pierde

«Ya no sé para qué me levanto por la mañana.» El vacío, el sentido y el deseo después de una separación, un duelo, una migración o un gran cambio.

«Ya no sé para qué me levanto por la mañana.» A veces esta frase aparece casi de pasada, al final de una sesión, como si no fuera lo más importante. Otras veces es justamente lo que lleva a una persona a pedir ayuda: no un síntoma concreto, no un acontecimiento que elaborar, sino una sensación de vacío difícil de nombrar, una vida que sigue funcionando mientras algo, por dentro, ha dejado de responder.

El vacío después de un duelo, una separación o un cambio

Con frecuencia este vacío aparece tras una ruptura: una separación, la muerte de un ser querido, la partida hacia otro país. Son experiencias muy distintas entre sí y, sin embargo, comparten un rasgo esencial: sustraen un punto de apoyo que se daba por sentado. Con una persona amada se va también el lugar que ocupábamos en su mirada, el papel que teníamos en su vida, los proyectos que tenían sentido porque eran compartidos. Con la migración se dejan atrás la lengua, las costumbres, el reconocimiento que los demás nos daban sin necesidad de explicarnos.

No siempre, sin embargo, el vacío sigue a un acontecimiento doloroso. Puede aparecer también en los tránsitos que la propia vida prevé y que a menudo se reciben como felices. Convertirse en madre o en padre supone despedirse de la vida anterior, de la mujer o del hombre sin hijos que se era, del tiempo y de los deseos que esa vida guardaba; con frecuencia el nuevo papel ocupa todo el espacio, y lo que se deseaba como mujer o como hombre se queda sin voz. Del mismo modo, cuando los hijos crecen y se van, quien ha organizado durante años sus días en torno al cuidado de ellos puede encontrarse ante una casa más silenciosa y ante una pregunta inesperada sobre qué queda, ahora, de su propio lugar.

Lo que se pierde, entonces, no es solo alguien o algo querido, sino el marco dentro del cual la vida tenía una orientación. Por eso, después de una pérdida, junto a la pregunta «¿cómo sigo sin él, sin ella, sin mi casa?» asoma otra, más silenciosa: quién soy ahora, y para qué.

El vacío sin un porqué

Hay también personas que sienten este vacío sin poder vincularlo a un acontecimiento concreto. Tienen un trabajo, relaciones, una vida que desde fuera parece llena, y aun así viven con la sensación de interpretar un guion escrito por otros. Han hecho lo que se esperaba de ellas y, en algún momento, se dan cuenta de que no saben qué quieren.

Este vacío suele vivirse como un defecto que hay que corregir cuanto antes, y nuestra época ofrece muchas respuestas listas para usar: encontrar la propia pasión, ponerse objetivos, llenar la agenda, cambiarlo todo. Pero un propósito tomado prestado, construido para acallar la angustia, rara vez se sostiene en el tiempo. Acaba convirtiéndose en otra obligación, en otra medida con la que compararse y sentirse en falta.

Sin embargo, ese vacío que se querría llenar cuanto antes no es solo una ausencia. Es también el espacio desde donde el deseo puede nacer, porque siempre se desea a partir de una falta: una vida en la que no faltara nada sería una vida detenida, sin movimiento. Lo que hace sufrir, entonces, no es tanto el vacío en sí como la manera en que se intenta no sentirlo, llenándolo enseguida con otra relación, con el trabajo, con una actividad incesante, o dejándose invadir por él hasta quedar inmóvil.

Llenar el vacío deprisa suele significar darse un propósito, pero un propósito y un deseo no son lo mismo. El propósito se puede elegir, planificar, incluso tomar prestado de otra persona; el deseo, en cambio, no se decide: se constituye en la relación con el otro, en las palabras y las miradas que nos han precedido, y sin embargo concierne al sujeto de un modo singular, aunque la persona no sepa decirlo. Precisamente por eso puede confundirse durante mucho tiempo con lo que otros deseaban para nosotros, con las expectativas familiares y con la imagen que sentíamos que debíamos sostener, hasta que a veces es una pérdida la que reabre la pregunta. Cuando cae aquello que orientaba la vida, una persona, un papel, un país, cae también el lugar que ocupábamos allí y la respuesta que ese lugar daba, a menudo sin que lo supiéramos, a la pregunta por lo que queremos. La pérdida deja entonces al descubierto una falta que antes estaba velada, y es ahí, en su dolor, donde el deseo, ya sin el sostén de ese lugar, puede volver a interpelar al sujeto en primera persona.

Esto no significa que se pueda desear sin el otro: el deseo nace siempre dentro de esa relación. Significa, más bien, poder distinguir entre lo que el otro nos pide, o lo que creemos que nos pide, y la pregunta, siempre abierta, por lo que deseamos. Es el paso de la pregunta «qué quiere el otro de mí» a la pregunta «qué quiero yo».

Si el deseo se deja entrever así, por caminos indirectos y a menudo después de una pérdida, se comprende por qué el sentido de la vida rara vez se encuentra como se recupera un objeto perdido. Se reconoce después, en la manera en que la propia historia se cuenta y se relee, y lo que al principio parecía solo una ruptura puede convertirse, con el tiempo, en el punto desde el que algo nuevo empezó a moverse.

Qué puede ocurrir en terapia

En un espacio terapéutico no se ofrece un sentido ya hecho, ni una lista de objetivos que alcanzar. Se ofrece algo más sencillo y a la vez más raro: un lugar donde el vacío pueda decirse sin la prisa por cerrarlo. Al hablar, la persona empieza a escuchar sus propias palabras de otra manera, advierte lo que repite, lo que evita, lo que se le escapa y que, sin embargo, le pertenece.

Después de un duelo, una separación o una migración, este trabajo permite atravesar la pérdida en lugar de rodearla, distinguiendo lo que se ha perdido de lo que de uno mismo permanece y pide encontrar una forma nueva. Cuando, en cambio, el vacío no tiene una causa evidente, permite interrogar los deseos que se han seguido hasta ahora y el lugar que ha tenido en ellos el otro.

El objetivo no es volver a ser como antes, sino poder habitar la propia vida desde otra posición, en la que la pregunta por el propio deseo pueda permanecer abierta y encontrar escucha.

Si sientes que algo se ha vaciado y no sabes muy bien por dónde empezar, también esa incertidumbre puede ser un punto de partida. Podemos hablarlo: como psicoterapeuta en Madrid atiendo en consulta y también online, en español y en italiano.

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