Cuando el amor se convierte en el único lugar donde existir

¿Quién soy yo cuando el otro no me mira? Una reflexión sobre cómo preservar el deseo, la identidad y un lugar propio dentro de la relación.
«Cuando estoy sola me siento llena de energía, hago muchas cosas que me gustan, pienso en mí. Luego me enamoro y me anulo, me parece que solo pienso en la relación, y ya no sé dónde estoy yo.»
Ocurre en consulta encontrar mujeres que llegan con una vida ya plena, con proyectos en marcha, con un modo propio de estar en el mundo que se reconoce enseguida. Se acomodan y todo el discurso gira en torno al otro, a la pareja, a la familia, a la relación con los compañeros de trabajo. A medida que avanzan las sesiones observo esa energía vital, única de esa mujer concreta, que había notado en el primerísimo encuentro, desplazarse, descentrarse, anudarse entre las complicaciones de la relación con el otro. ¿Qué quería decir cuando dije esto? ¿Por qué se comporta así? Siempre está cansado, enfadado, lleno de cosas. Y sin embargo detrás de las bambalinas, más allá de los diversos personajes que no están en consulta pero que ocupan la escena, se sigue viendo a la mujer a la que le cuesta hacerse escuchar, y a la que más que nada le cuesta escucharse a sí misma.
Parece frecuente que en el encuentro con el amor algunas mujeres sientan que deben elegir entre la relación y su vida, es decir sus pasiones, sus proyectos, sus intereses. No es solamente la dificultad concreta de hacer caber todo dentro de los mismos días, que también existe y es real. Es algo que ocurre antes, en un lugar más silencioso, donde se ha aprendido que amar exige una sustracción, y que para hacer sitio al otro hay que retroceder, como si el amor necesitara espacio vacío para existir y ese espacio hubiera que sacarlo de una misma. Como si el encuentro con el amor requiriera necesariamente un paso atrás de sí y una dedicación total a la relación. Llegado ese punto la relación se convierte en todo el propio mundo y deja de ser un campo donde llevar el propio mundo y ampliarlo.
Cuando esto sucede la presencia del otro cambia de función. Ya no es algo que enriquece una vida que ya existía, se convierte en la condición para que esa vida tenga un sentido reconocible, y en ese momento una pregunta empieza a trabajar bajo la superficie, a veces pronunciada con claridad, más a menudo solo intuitable por el modo en que se cuenta una historia: ¿pero quién soy yo cuando el otro no me mira?
El amor como lugar de existencia
Es una pregunta que no tiene que ver solamente con el momento presente, porque toca algo más profundo y más estructural, el modo mismo en que una mujer ha aprendido a existir, a darse un contorno, a encontrar una consistencia, hasta el punto de que la relación deja de ser el espacio en el que lleva lo que es y se convierte en aquel en el que espera encontrarlo.
Y es por esto que algunos vínculos terminan por ocuparlo todo, no porque sean más importantes que otros o más intensos, sino porque se han convertido en el lugar en el que una se ha encontrado, y salir de ahí, o incluso solo tomar distancia, significaría perder ese lugar.
La mirada del otro, su reconocimiento, su aprobación, su presencia, se vuelve entonces la condición para que esa consistencia se sostenga, y cuando esa mirada se retira, cuando el otro se aleja o se vuelve indiferente, no se trata solamente de una pérdida afectiva, sino de algo más cercano a un vaciamiento, a una pérdida de contorno.
Es esto lo que hace comprensible lo que desde fuera parece no tener explicación, es decir cómo se puede permanecer en una relación que hace daño, volver a ella incluso sabiendo que nada cambiará, y cómo el sufrimiento dentro de la relación puede resultar más soportable que el vacío fuera de ella, un vacío que no tiene nada que ver con la soledad práctica ni con la incapacidad de valerse por sí misma. Muchas de estas mujeres saben perfectamente arreglárselas solas, gestionan trabajo y días sin necesitar a nadie, y precisamente por eso ninguna palabra de las que circulan parece adecuada para nombrar lo que sienten. Y sin embargo puede ocurrir que todo siga funcionando, el trabajo, los compromisos, las amistades, y que todo a la vez pierda color en el momento en que esa relación vacila, como si cada cosa valiera algo solo porque había alguien que la miraba suceder.
No es irracionalidad, es la lógica interna de quien siente que su propia identidad depende de aquello que el otro necesita, de cómo el otro mira, de cuánto el otro aprueba, y hay incluso algo familiar en ese dolor, algo que se conoce y que precisamente por eso asusta menos que lo desconocido de una vida distinta.
Esa mirada tiene sin embargo una historia que empieza mucho antes de cualquier relación amorosa. En el sentido más elemental del término es la mirada que dice te veo, existes, y que en la infancia constituye la experiencia a partir de la cual uno se reconoce como alguien, porque es buscando el propio reflejo en el rostro de quien nos cuida como se aprende a tener una forma.
Cuando ese rostro no devuelve nada, o devuelve algo inconstante e imprevisible, queda algo abierto y a la espera, una pregunta que seguirá buscando respuesta en los vínculos posteriores.
Y es por esto que muchas mujeres tienden, sin saberlo, hacia relaciones que reproducen algo ya conocido, no por una búsqueda del sufrimiento sino porque fue de ese modo como aprendieron cómo se ama. Y así, en cada nueva historia se enciende la ilusión silenciosa de que esta vez pueda ir de otra manera, de que esta vez se logre por fin obtener aquello que entonces faltó, una apuesta que se renueva y que no puede ganarse, porque repite el problema en lugar de elaborarlo.
Nombrar todo esto no significa repartir culpas hacia las madres, las familias, las historias de procedencia, sino entender de dónde viene cierto modo de estar en la relación, esa necesidad de ser vistas que a veces se vuelve más urgente que el bienestar y más fuerte incluso que el dolor, una necesidad que no es exclusivamente femenina pero que en las mujeres encuentra formas más fácilmente reconocibles, y que atraviesa muchos momentos de la vida y no solo las relaciones amorosas, porque se la encuentra en el modo en que algunas mujeres viven la maternidad, el trabajo, la amistad, cada espacio en el que la pregunta sobre quién se es vuelve a presentarse.
El nombre que da la relación
Lo que llama la atención, escuchando estas historias, es cómo la relación amorosa es llamada a hacer algo que va más allá del amor mismo, es decir construir una identidad, dar un nombre, ofrecer una ubicación en el mundo, porque convertirse en la novia de, la esposa de, la amada de no son posiciones vacías, llevan consigo un reconocimiento real, y sería ingenuo negar su peso.
La necesidad de ser reconocidas por el otro es por lo demás algo constitutivo, nadie existe al margen de la mirada que lo reconoce, y buscar confirmación en los vínculos es legítimo e inevitable. Hasta el punto de que el problema no está en buscar ese reconocimiento en la relación, sino en anclar la propia existencia a una sola relación amorosa como si fuera la única fuente posible, como si sin ella no quedara nada.
Es ahí donde emerge la fragilidad, no en la necesidad de ser vistas, que es humana, sino en el hecho de que esa única mirada se convierta en la condición de todo, y cuando esa estructura vacila, cuando el otro decepciona, traiciona o se aleja, la crisis no es solamente relacional, es una crisis de sentido, de identidad, de orientación, porque no existía otro lugar desde el que mirarse.
Qué puede cambiar
El trabajo terapéutico en estos procesos no consiste en convencer a alguien de dejar una relación ni en demostrarle que está equivocada, sino en algo más lento y más profundo, que es crear las condiciones para que pueda interrogar su propio deseo en lugar de deducirlo del deseo del otro, y para que la pregunta sobre sí misma deje de pasar enteramente por la mirada de alguien.
¿Quién soy cuando nadie me mira? ¿Qué quiero realmente, más allá de lo que he aprendido a querer ser? ¿Cómo distingo lo que deseo de lo que otros han deseado para mí?
Son preguntas que dan miedo, y abrir ese espacio requiere tiempo y valentía, pero es ahí donde algo empieza a moverse, y lo que a veces ocurre es que la energía de la que hablaba al principio vuelva a circular, no contra la relación, sino dentro de una relación en la que no sea toda la propia existencia la que esté en juego cada vez.
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